* Paulette *
Lo saludé y le pregunté si podía tomarle una foto, y en el instante en que le pregunté esto, las palomas empezaron a volar a su alrededor, dando unos pequeños saltos y vuelos cortos para subirse en sus manos; el las recibía tranquilo.
Me reí y le tomé una foto de bien cerca. A él no le molestó. No dijo nada. Sólo sonreía dejando ver sus pequeños dientecitos. Luego tomé otra.
Me acercó la paloma que tenía en sus manos para que la tocara, y yo, con un poco de miedo, acerqué mi dedo índice a su pecho hinchado y ella voló. La magia sólo se daba con él.
Le pregunté si venía siempre y me dijo, entre risas, que no compraba tanto pan, que venía día por medio o cada dos días.
Me contó que estaba jubilado hace dos años ya y que era de Santiago, que se había venido para acá a descansar y a estar con sus hijos y por el clima. Mientras me contaba todo eso las palomas se turnaban para subirse a sus pequeñas y arrugadas manos.
Me preguntó que hacía yo. Le contesté que aun estaba en el colegio, pero que el próximo año pensaba irme a estudiar Psicología a Viña. Me deseó suerte con unos ojos sinceros y algo húmedos.
Me contó también que, cuando él trabajaba, era como vendedor ambulante, y que conocía muchas ferreterías, que tenía muchos amigos que trabajaban ahí y que tenía muchos amigos en general.
Me preguntó si yo tenía muchos amigos también. Yo solo me reí.
Las palomas se alejaron, ingratas, cuando el pan se acabó.
Su cara arrugadita y amable cambió y de pronto, me contó que, un poco antes de venirse a
Su cara volvió a cambiar y me contó que su pasión era el baile… Pensé en decirle que para mí era todo lo contrario, pero quería escucharlo a él, su historia.
Me contó, con ojos iluminados, que amaba el tango, y que en Santiago perteneció a un club de tango, que el junto con un amigo inauguraron. Él, Paulette y su amigo González.
Me aclaró, entre serio y orgulloso, que era “Paulette”, que significaba “Pablito” y no “Poulette”, que es “pollo”, todo esto en francés.
Se había hecho la mayoría de los amigos que tenía bailando tango, dijo.
Me contó que en unos tres meses más se iba a Iquique a visitar a algunos familiares y que en Septiembre volvía, porque, aunque prefería el frío, no se quería arriesgar a que este fuera su último invierno.
Miró a los lados y se movió de tal forma que entendí que tenía que irse, así que me acerqué, y mientras el me acercaba su mano, se la tomé y me acerqué más y no pude menos que darle un beso en la mejilla y darle las gracias.
Me miró tierno, me aconsejó que me abrigara y me deseó suerte.
Se fue, lentito, y preferí no mirarlo, y algo así como pena sentí que me invadía.
Caminé cautivada y despacio por la plaza.
Ya camino a mi casa me di cuenta que no le pregunté en ningún momento su nombre ni él me preguntó el mío. Sentí que perdía algo…
Luego de pensar y tratar de intuir su nombre por su carita inolvidable, concluí que también me servía almacenarlo en mi memoria como el “Señor de las palomas”, el Señor Paulette de las palomas, pero Paulette, no Poulette.









